martes, 13 de diciembre de 2016

Si tuviese que explicarlo...

...te diría que es como una armadura de la que no puedes escapar, es como si algo te estuviese reteniendo y por mucho que luchases no pudieses salir de ahí. Es algo que te quita cada vez más fuerzas, y sin ellas tienes que luchar contra esa coraza que te recubre. Es prácticamente imposible.

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Es como si lo vieses todo a través de un cristal negro, desde el que tú puedes ver pero nadie puede verte. Es como ver el mundo en tonos negros día tras día, todo oscuro, apagado, sin luz alguna que permita filtrar algo de esperanza. Además, es como si sólo pudiesen pasar cosas malas a través de él, esas cosas que van llenando la pecera en la que estás metido hasta que acabas por ahogarte. ¿Y cómo no convertirse en algo a lo que los demás odian si te odias a ti mismo? Odias todo lo que haces, dices, sientes, piensas... Todo está mal, no hay nada bien. Son esas cosas con las que te has ido alimentando a lo largo del tiempo y que poco a poco parecen volverse más reales. Una mentira se vuelve verdad cuando empiezas a creer en ella, dicen. Así que ahí estás, ahogándote en un montón de mentiras o medias verdades que crees a pies juntillas. Que eres así, que no vales nada y que no sirves para nada. Que nadie te puede querer, que no eres más que un chicle pegado en el zapato de alguien.

Es como ese mundo paralelo a la realidad que aparece en Stranger Things. Es ese mundo oscuro, lleno de monstruos, del que tienes que salir corriendo pero no encuentras salida. Es un mundo lleno de terror, de desesperación y de abandono. Es todo lo que esperas no encontrar nunca. Y estás allí en medio, solo, sin nada con que protegerte. Esperando, pero tampoco sabes muy bien a qué, quizá, a que pase algo, a que algo cambie, a que alguien te saque de allí. Algo. 

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Es como una página en blanco, una que tienes miedo de emborronar, de no saber si llenarla o dejarla vacía. La incertidumbre de no saber si los errores que vas a cometer en ella valdrán la pena o te arrepentirás de ellos el resto de tu vida. De no saber muy bien qué hacer con esa hoja. Dibujar. Escribir. Hacer rayas. No hacer nada. Hay tantas opciones que parecen hacerte desfallecer, tanteas todas las posibilidades una y otra, y otra, y otra, y otra... vez, pero nunca te decides por ninguna. Simplemente crees que algún día, quizá, te armarás de valor para coger el lápiz. Simplemente eso, coger el lápiz que sigue descansando en la mesa.

Es como si cogieses un libro en un idioma que no conoces y tratases de entenderlo. Es como aprender a ser de nuevo, sin pistas, sin guiones, sin ayudas. ¡Búscate la vida! Búscate la vida... si fuese taaan fácil. Y das vueltas, y vueltas, y vueltas, pero no sabes qué es lo que estás buscando, no sabes por dónde empezar. Ni siquiera sabes si tienes el libro del derecho o del revés. Vas a ciegas, lo juegas todo, no hay medias tintas; sabes que ganar es muy difícil y que es más probable que pierdas a que ganes. 

Pero ahí sigues, tratando de romper la coraza, intentando que se filtre ese rayito de luz que marque la diferencia, plantándole cara a esos monstruos que te vas encontrando, decidiéndote a coger el lápiz y tratando de averiguar cómo narices recomponerte. Y sabes que no es fácil, que a veces quieres dejar de seguir luchando, que quizá todo sea mejor si simplemente te dejas llevar por la oscuridad, pero sigues luchando. Cómo aquel que sabe que va a morir pero lucha hasta el último momento, hasta el último suspiro, hasta que la última gota cae al suelo. Aunque no se note, aunque parezca que ya te has rendido y que todo te da igual. Sigues luchando hasta el final independientemente de cuál sea. 

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