jueves, 12 de noviembre de 2015

Adiós.

De pequeña siempre me dio miedo esa palabra "adiós", es tan rotunda, y tan aterradora que nunca me despido con ella, nunca.
Es una palabra que causa respeto, porque cuando dices adiós corres el peligro de no volver a ver a esa persona en mucho tiempo o quizá no la vuelvas a ver en tu vida, pero no lo sabes.
Hay adioses que se dicen con la esperanza de que tiempo después el camino vuelva a cruzarse y coincidan en un cruce, pero las casualidades son escasas y si consigues cruzarte con alguien da gracias al destino.
Hay adioses que no quieren decirse, que se alargan en el tiempo y cuánto más se alargan más dolorosa resulta la despedida.
Hay adioses que se dicen en susurros, por temor a decirlos en alto y que suene tan real como es.
Hay adioses que se dicen a gritos, deseando la partida de esa persona de tu vida. Esa que solo te traía problemas y muchos comederos de cabeza innecesarios.
Hay adioses que tienen que decirse, muy poco a poco, lentamente, degustarlos, como ese amanecer que surge sin que nadie se lo haya dicho.
Hay adioses que duelen y te dejan hecho polvo durante mucho tiempo, pero acabas comprendiendo que son necesarios para seguir adelante.
Hay adioses de todos los gustos y colores, pero yo no puedo evitar que no me gusten, que me cueste decir adiós.
Cuando digo adiós pienso en una sombra, de espaldas hacia mí, que se gira lentamente para despedirse una vez más sacudiendo su mano. Después de hacerlo sigue su camino hasta que se evapora en el aire y no vuelve a aparecer.
Y no sé, a veces me gustaría no tenerle tanto respeto a esa palabra y otras me maravillo a mí misma pensando en ella y en que seré de las únicas personas que vean el adiós de esa forma.
Y no, no es hora de decir adiós, al menos no por ahora, solo lo diré en el momento en que lo sienta.
Hasta entonces...

...Hasta pronto.

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