jueves, 19 de febrero de 2015

Un corazón de ceniza.

Se le había caído, lo habían pisoteado, se había hecho añicos y al final lo quemaron.
Ella rescató lo que quedaba de él e intentó seguir con aquel montón de ceniza en su pecho.
Al principio parecía que ella y su corazón no se entendían, no era el corazón de siempre, estaba destrozado, la pena lo inundaba y no quería que nadie volviese a tocarlo nunca. Se escondió en lo más profundo de su ser para que nadie pudiese acceder a él.
Poco a poco ella y el corazón se empezaron a entender, esta vez era ella la que empezaba a esconderse para que nadie pudiese acceder a su pequeño tesoro y le encantaba cuidarlo y mimarlo con historias llenas de emoción, aunque alguna vez le hiciesen llorar durante horas, esas eran las que más merecían la pena. Cuidaba de su pequeño corazón como si fuese un tesoro, sabía que cualquier ráfaga de aire podría terminar con él y era lo último que quería.
Empezó a ser fuerte, se cubrió con pequeñas capas que la iban haciendo cada vez más fuerte. Se prometió a sí misma que su pequeño corazón de ceniza no iba a poder dañarlo cualquiera, solo aquellos que ella eligiese. Así que siguió construyendo murallas cada vez más altas, hasta que decidió que era suficiente. Ahora ella era de hierro pero su corazón seguía siendo de ceniza y solo unos pocos tenían acceso a él.

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