lunes, 17 de diciembre de 2012

181.

No mereces ni una de mis lágrimas, ni una, y aquí estoy llorando como si no hubiese mañana, pensando que la culpa tal vez también ha sido mía, aunque sé que no lo ha sido, escribí el mensaje más duro que he podido escribir en toda mi vida, el que más me ha costado y al que más miedo tenía de recibir una respuesta, pero al parecer tanto miedo era excesivo, porque no me has respondido nada, nada. Cuando lo envié me puse a llorar, no pude evitarlo aunque sigo pensado lo que sigo pensando, pero que tú no seas capaz a contestarme nada y sigas así tan feliz, como si nada pasase a tu alrededor, como si fueses intocable.
Supongo que esto es un adiós que se prolongará el tiempo que haga falta, cuando mi vida no sea un auténtico suplicio y la tuya no parezca un suicidio, quizá entonces volvamos ha hablar. Hasta entonces sigamos como hasta hace dos días como si no nos conociésemos de nada, sin hablarnos, sin preguntar el uno por el otro, todo como si no existiésemos. 
Solo me queda decir que hasta siempre papá.


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